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De los escombros sobresale un par de brazos de mujer sosteniendo un bulto. Al sentir pasos, los brazos se extienden. El hombre, que busca entre los montículos, oye el llanto y se acerca presuroso. Se arrodilla y coge el bulto. Contempla el rostro del bebé cubierto de tierra. Los brazos de la madre se repliegan lentamente.

—Señora —dice el hombre, sobrecogido—, no tengo cómo sacarla a usted de ahí. Y no hay nadie cerca que pueda ayudarme. Ni las tropas ni las máquinas llegan por acá tampoco.

Las manos caen en la tierra, al parecer extenuadas. Luego se proyectan tímidamente, como queriendo acariciar algo. El hombre acerca a la criatura. Las manos la acarician convulsivamente. Después, lentamente, la empujan. Hacen un gesto de rechazo, como invitando a la partida. El hombre se pone de pie con la criatura en brazos. Las manos se unen en un gesto de agradecimiento. Algunas lágrimas caen entre las ropas de la criatura. Cuando el hombre va a partir, ve que uno de los brazos vuelve a agitarse, intentando llamar su atención. Vuelve sobre sus pasos. Toma la mano, pretendiendo reconfortarla.

—¡Lo siento, señora, no puedo ayudarle! ¡Pero le prometo que cuidaré a su hijo, se lo juro!

La mano se suelta. Se agita con mayor fuerza. Luego se tiende ante él. El hombre no entiende. La mano se mueve, abre los dedos. Se agita. Al final, se queda quieta. Sólo se mueve un dedo, hacia arriba y hacia abajo. El hombre acerca su propia mano temblorosa. Y quita con cuidado el anillo dorado. Las manos vuelven a unirse en agradecimiento. E indican que se vaya. El hombre se coloca el anillo, arropa bien a la criatura. Lentamente, las manos descienden hasta posarse en la tierra. Y no se mueven más. El hombre echa a caminar, cabizbajo, meciendo a la criatura, que llora.

—Yo salí a conseguir comida —le dice—. Y te encontré a ti.

Sonríe. Su estómago gruñe.

—Estás gordito —dice, estrechando al niño contra su pecho, protegiéndolo de posibles miradas codiciosas—. Estás bien gordito.

Juan Carlos Santillán