Photo by Sara Kurfeß on Unsplash


Aún cuando te lo pedí,
te lo imploré
y estuve a punto de
sacarte los ojos
como lo harías con
otras almas inocentes,
paseas por mis memorias,
mis ayeres oscuros,
manejando mis recuerdos
a tu sádico antojo
en instantes fugaces
—con huellas permanentes.
¡La tortura cotidiana!
—Aunque lo nuestro
ha sido siempre
cuestión de amores y odio.

¡Nunca más!

Buscaré quemar tu espíritu
con el fuego de mis penas.
¡Destruiré tu esencia
y le daré mayor poder a la mía!

—¡Estás advertida,
ave maldita!

Debes considerar que
las únicas plumas negras
que puedo soportar
son las mías.

—¡De mis alas!
Esas que te abrazarán
y no te soltarán.
—¡Te destrozarán!
Perdiste el derecho a volar
¡Y no lo harás!

¡Nunca más!

Kevin Coley