Hombre sentado hablando por el móvil mientras señala con el dedo una carta que sostiene en la mano.
Fotograma del cortometraje Brazo de Gitano


Me pregunto, quién hoy día escribe cartas... Por lo visto, una tal Elisabeth Aldrin, de Manchester. En tu carta, si es que entendí bien tu inglés, me anunciabas que tu hijo vendría pronto a visitarme.

Me pregunto, también, si dos gotas de lluvia se parecen tanto, la una a la otra, como yo al adolescente de la foto que adjuntabas en la carta. ¿Eres tú, Elisabeth Aldrin, aquella misma Lizzie que tan buenos momentos me regalaste un verano de hace más de una década, cuando, allá por Andalucía, anduve haraganeando en compañía de unos amigos? Me temo, que esta vez me va a ser imposible evitar que sea cierto lo que afirmas en la carta: que yo soy el papá de ese chico que aparece en la foto.

¡Menudo inconveniente, que le hagan a uno papá, así, tan a traición!... Me pregunto, siempre ando haciéndome preguntas de este tipo, por qué la gente tiene la manía, en todas partes, de perturbarlo a uno con historias del pasado que ya no vienen a cuento. Bueno; tal vez, ésta en algo sí me toca... Míralo, al chaval, ahí en la foto, con su camiseta del United. ¿Timmie dices que se llama? Anda que no parece ilusionado, para tres Champions que ha ganado su equipo... Claro que, peor hubiera sido que me hubiera salido del Atleti...

Me pregunto, Lizzie, cómo después de tantos años habréis conseguido localizarme. Supongo, que tan fácil como googlear mi nombre en Internet. Quisiera creer que nunca lo olvidaste; tal vez, simplemente lo volviste a leer en el remite de alguna de aquellas cartas que, a mi regreso, tan apasionadamente te escribí por algún tiempo. Qué latosas, las cartas de amor, que no consiguen olvidar, ni dejarlo a uno en paz...

Me pregunto, Timmie, ahora que estás de camino, por qué tanta curiosidad por venir a conocerme, si igual hasta te voy a caer mal. ¿Por qué te has empeñado en viajar solo, sin que te acompañe tu madre? Me hubiera hecho tanta ilusión volver a verla...

Al menos, hijo mío, estás ya crecidito. Sólo faltaría eso, que a estas alturas de la vida me vinieras a pedir prestados los recuerdos inservibles de mi infancia: mis Playmobil, o el barco pirata, o los cochecitos que guardo en el estante...

Me pregunto, mientras llegas o no llegas, qué te apetecerá comer. Porque supongo que, después de tanto viaje vendrás con hambre. ¿Te gustará, tanto como a mí, el jamón, la morcilla de Burgos o la oreja adobada, o siquiera la fabada? Mira que me extraña... Los ingleses, sois más de comer puro comistrajo, y de tomar mucho alcohol, eso desde luego. ¿Te apetecerá, más bien un zumito?

Y, ya por último, me pregunto qué impresión te voy a dar cuando me veas. Mejor, en vez de esta vencida camiseta que llevo puesta me pongo una camisa bien planchada... ¡Anda que no están tardando en llegar, las horas que son ya!... ¿Te habrás extraviado en el metro? ¡Si es que, mira que no dejarme que fuera a recogerte al aeropuerto, que ya te buscabas tú la vida, decías, para llegar por tu cuenta a Carabanchel Bajo!... No acaba uno de ser padre, y ya comienzan todas las preocupaciones... ¡Qué lata dais, siempre los hijos!

En fin; vamos a ver qué ponen hoy en Tele 5, que me tienes de los nervios...

Y ahora, justo cuando ya empezaba a quedarme traspuesto, me sobresaltas, tocando el telefonillo de la puerta... ¡Dios mío!, ¿ya estás aquí?