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Llegan puntualmente a las cinco de la tarde al bar de la clase turista, con su uniforme negro, un patético aire de enterradores. Uno desenfunda su violín, el otro su violonchelo y el tercero se sienta ante el piano, reparte las partituras, da la nota y ataca la melodía, seguido de sus compañeros. Es una música pasada de moda, pegajosa, sentimentaloide, pretenciosamente selecta, pero al mismo tiempo con un airecillo popular, como aquella que se escucha en las efemérides de provincia o en los salones de té de dudosa categoría. La tocan además sin júbilo ni interés, ni siquiera como quien se aplica a un deber, sino como quien cumple una penitencia.

El pianista es calvo, usa anteojos, la estructura de su cara es recia, un  poco a lo cromagnon, tiene la expresión de un hombre amargado, colérico, descontento de su suerte, pero destinado por su función a ser un mensajero del esparcimiento y un símbolo de la alegría de vivir. Tan sólo en ciertos finales de la pieza su personalidad emerge y entonces jadea, pufea, golpea el piano con un vigor que el público toma por inspiración, pero que no es más que malhumor reprimido. Luego de las cinco piezas de reglamento, no obstante el pedido de un público aburrido y embrutecido, corre el pulgar por todo el teclado y tira la tapa del piano sin que un músculo de su cara se mueva, dando a entender así que el concierto ha terminado.

El cellista es extraño, ¿qué clase de miseria es la suya? Empecemos diciendo que conserva el cabello en toda la cabeza, pero tan ralo, tan descolorido y tan pegado al cráneo que de lejos da la impresión de ser tan calvo como el pianista. Bajo los ojos no avanza, sino que está allí, adherida no se sabe cómo, la más triste nariz que he visto en mi vida: larguísima, desolada, un poco asimétrica, como si estuviera puesta adrede para que demos de ella de tirones o tratemos de enderezarla. Todo el rostro soporta esta nariz con cierta vergüenza, diríase que se excusa de sobrellevarla, los ojitos miopes que piden perdón tras los anteojos, la boquita fruncida en una O perpetua y el bigotito bajo tan infamante instrumento. Digamos por último que este hombre no tiene mentón, hasta el punto que su cara parece una prolongación de su garganta.

El violinista es un sobreviviente de la época de oro de la ópera italiana. No sé por qué da siempre la impresión de estar maquillado y sobre tablas. Es el típico buenmozo, pero un buenmozo triste que por alguna razón no supo sacar partido de su belleza. Conserva todo su cabello muy tupido, pero completamente canoso, de modo que no se sabe si es un viejo que ha tenido la suerte de no perder el pelo o un joven que encaneció antes de tiempo. En todo caso este hombre confía aún en su fuerza de seducción, sobre todo en la de su mirada. Tiene, como se decía en Francia hace un siglo, du regard. Este hombre, antes de empezar el concierto, mientras afina su arco, pasea su regard por todo el auditorio y lo detiene de preferencia en las mujeres cincuentonas. Cree producir efecto. ¡Ah, tristísimo buenmozo diletante, empecinadamente italiano! Es el único además que viene siempre con el uniforme impecablemente planchado y el que agradece los aplausos después de cada intervención, levantándose ligeramente de su asiento para hacer reverencias y rapidísimas venias a derecha e izquierda. A él están encomendados además los trozos de lucimiento, que ataca con energía, agitando su melena blanca y elevando de vez en cuando, por encima de su partitura, su regard sobre las mujeres. Comprendo que este hombre, hace cien años, con esos gestos y esos pavoneos, tuviera éxito entre las damas románticas de los pueblecitos. Ahora es un payaso y el típico marido cornudo de las piezas de Pirandello.

Julio Ramón Ribeyro
De Prosas Apátridas

Este escrito, en el libro del que fue extraído, no tiene título como tal, sino un número. «Los músicos» es una simple sugerencia que se ha colocado teniendo en cuenta la temática del texto, además de un requerimiento para poder cumplir con la formalidad que exige la composición estética de cada una de nuestras entradas.