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Eduardo Montes se puso su sobretodo y tomó la copia mecanografiada de su novela de terror a la que le había dedicado dos años de arduo trabajo. Miró el reloj, su cita con la editorial era a las 4:00 p. m. Era su quinto intento de que una editorial quisiera publicarla y se dijo que, si esta vez se la rechazaban, dejaría su sueño de ser escritor y volvería a vivir con sus padres. Ya tenía cuarenta años y un fracaso más se traduciría en hacerse cargo del negocio de su familia y acabar su vida supervisando aquella fábrica de muebles.

Salió a la calle y se dirigió a la parada del bus. La tarde era gris y hacía frío, lo cual no era bueno para su frágil salud. Llegó a la editorial y pasó a la entrevista con el editor. Éste recibió su escrito, lo revisó escuetamente, le dijo que lo leerían y se comunicarían con él, eso fue todo. Eduardo regresó cabizbajo al modesto departamento que rentaba en un anticuado edificio a unas cuadras del barrio bohemio.

Una semana después recibió la llamada del editor y esa tarde fue a la editorial. El editor le dijo que su novela era demasiado común y que la editorial no podía arriesgarse a publicarla si no iba a venderse. Eduardo tomó su escrito y se retiró decepcionado. Regresó a su departamento a pie aceptando su fracaso. Cuando llegó se preparó un té, se sentó en su escritorio y releyó su novela. El editor tenía razón: su novela era insulsa, un cliché barato. Buscó una carpeta en donde guardaba sus primeros relatos, esos sí eran buenos… ¿En qué momento perdió la inspiración?

La alarma de su reloj sonó, ya eran las 10:00 p. m., la hora en la que debía de tomar su medicamento. Sostuvo el frasco de pastillas y lo miró. Sí, esas pastillas le habían quitado las pesadillas que eran su inspiración. En un arranque de cólera y frustración, arrojó el frasco al suelo. Eduardo decidió no volver a tomar ese maldito medicamento, sabía que corría un riesgo, pero si las pesadillas volvían tal vez podría escribir una novela que estremeciera de horror al público más exigente.

Eduardo se fue a su cama, se quedó dormido pero no soñó nada. Tal vez las pesadillas se habían ido para siempre. ¿Qué podía hacer ahora?

Pasó la mañana releyendo sus primeros escritos e intentó escribir, pero lo que garrapateó le pareció tan mediocre que rompió las hojas. Tal vez se estaba forzando demasiado, tenía que darse tiempo. Salió a almorzar y dio un paseo por el parque.

Cuando regresó a su departamento caía la tarde, se preparó su té de costumbre, encendió la televisión para entretenerse viendo una película y se acomodó en el sillón. La película era un drama romántico pero se sentía tan desanimado que ni hizo el esfuerzo de cambiar de canal. Tomó un sorbo de té mientras miraba la escena en la que los protagonistas bailaban en un elegante salón. Entonces la música del vals se distorsionó, pero no era una falla de la señal del canal: estaba pasando otra vez. Escuchaba susurros de una voz femenina. Se estremeció. También escuchaba otras voces: la de un anciano murmurando palabras en un idioma desconocido y la de un hombre que respondía a sus letanías, las súplicas de una mujer y el llanto de un niño. Las sienes le latían, el sudor frío bañaba su frente, percibía otra vez aquellas presencias que lo buscaban, no recordaba lo horrible que era. Eduardo se tapó los oídos, pero los susurros seguían en su cabeza. ¿Qué había hecho? Finalmente, no pudo resistir más. Dio un grito y cayó desmayado sobre la alfombra.

Cuando recuperó la conciencia era casi medianoche. Se incorporó con dificultad, estaba helado. Cerró la ventana que no recordaba haber dejado abierta y, tambaleándose, se dirigió a su cama.

***

La primera vez que escuchó las voces fue cuando tenía doce años. Se encontraba enfermo y con fiebre muy alta, entonces tuvo un delirio: sintió que dejaba su cuerpo, vio a su madre al lado de su cama colocándole paños frescos sobre su frente y luego se encontró en un páramo brumoso. Vio a otras personas deambulando en aquel lugar desolado. Creyó que había muerto pero notó que las formas de aquellas personas se distorsionaban mientras que él mantenía la apariencia normal de su cuerpo. Ellos lo vieron y empezaron a acercarse a él, le hablaban, le suplicaban ayuda, lo rodeaban e intentaban tocarlo. Presa del pánico, gritó al sentir como si una cuerda lo jalara de regreso. Fue cuando despertó.

Su convalecencia fue larga y la enfermedad le dejó un daño permanente en los pulmones, además del miedo que se repitiera aquella terrible experiencia a pesar de que sus padres le dijeron que había sido sólo una pesadilla. Tenía miedo de dormir, encontrarse en aquel páramo y no poder regresar. Trataba de mantenerse despierto leyendo, pero, cuando el cansancio lo vencía, escuchaba las voces. Todo empezaba con la distorsión de cualquier sonido, como el tic tac del reloj, el ruido de los grillos o el ulular del viento. Entonces escuchaba susurros y éstos se convertían en una batahola de voces desgarradas, súplicas de ayuda, amenazas y maldiciones.

Sus crisis eran terribles. Caía en un estado catatónico pero su alma dejaba su cuerpo, era arrebatado por la oscuridad y arrojado en medio de aquel páramo brumoso donde vagaban las almas errantes que le suplicaban ayuda. Venciendo su inicial miedo les decía que las escucharía y trataría de ayudarlas, pero entonces aparecían unas criaturas horrendas, semejantes a unos perros enormes con fauces terribles, y las perseguían. Aquellos canes infernales destrozaban, con dentelladas salvajes, a las almas errantes que lograban atrapar. Los gritos de las almas despedazadas eran aterradores. Él corría hasta que llegaba a un bosque de árboles retorcidos y quemados. Por un momento respiraba aliviado pues los perros no podían entrar al bosque, pero luego aparecían unas terribles arpías y nuevamente tenía que huir. Se tropezaba con las raíces retorcidas, se rasguñaba con los abrojos, hasta que conseguía salir del maldito bosque y llegaba a un pantano pútrido plagado de hongos fosforescente. El hedor era insoportable pero las arpías no podían abandonar el bosque. Otro instante de descanso para luego ser perseguido por unas criaturas semejantes a murciélagos, pero con tentáculos, y él corría desesperado, hundiéndose en el cieno hasta que divisaba unas luces. Eran los faroles de una mansión que se alzaba en una colina. Sabía que tenía que llegar hasta ella, allí estaría a salvo, pero corría y corría y el sendero era infinito…

Finalmente sus padres lo llevaron a un psiquiatra. Le diagnosticaron esquizofrenia, pero tratable con medicamentos y estos hicieron el milagro. En menos de seis meses Eduardo dejó de sufrir esas crisis, escuchar las voces y tener aquellas pesadillas. En un año retomó sus estudios y los culminó con un promedio aceptable. Siguió escrupulosamente con su tratamiento y la terapia recomendada por su psiquiatra de escribir las ocasionales pesadillas que tenía a modo de catarsis.

Su recuperación fue asombrosa; sin embargo, al cumplir los veinticuatro años, llevaba una vida de completo aislamiento social. Sólo salía de su casa para ir a la biblioteca. Fueron sus padres quienes lo animaron a dejar su ostracismo y frecuentar un grupo de jóvenes escritores que se reunían los viernes por la noche en un centro cultural. Los relatos —basados en sus pesadillas— que compartió en las reuniones tuvieron una excelente acogida entre aquellos jóvenes que eran lectores de Lovecraft y oyentes de bandas como Black Sabbat y Uriah Heep.

En esas reuniones conoció a Susana Castillo, una bella y talentosa escritora, de quien se enamoró. En un principio Susana le correspondió, pero a ella le gustaba mucho la vida nocturna y Eduardo no toleraba el ambiente de los bares ni la música, hasta Beethoven le alteraba los nervios.

Pese a aquellas diferencias, Susana y Eduardo mantuvieron su amistad. Fue ella quien lo animó a dedicarse a la literatura y fue así como él viajó para estudiar en una de las mejores universidades del país con el beneplácito de sus padres, que estaban felices por la recuperación de su hijo. Eduardo se dedicó con ahínco a sus estudios, siempre tomando sus medicamentos que lo mantenían estable y visitando periódicamente a su psiquiatra, quien estaba asombrado de su notable mejoría, incluso ya no tenía pesadillas.

Pero al no tener pesadillas, tampoco tenía fuente de inspiración. Los relatos que escribía eran insulsos, como aquella novela de terror a la que le dedicó dos años de esfuerzo y resultó ser un bodrio. Sin embargo, terminó sus estudios y se tituló como profesor de Literatura, pero como escritor no tenía talento. Luego rentó ese modesto departamento a unas cuadras del barrio bohemio y malvivió durante varios años dando clases de Literatura y fracasando una y otra vez como escritor, mientras que Susana se casó, tuvo dos hijos y era reconocida como una muy buena escritora de terror y romance gótico a pesar de no haber cursado estudios de Literatura en la universidad.

***

Eduardo abrió los ojos y se incorporó apoyándose en el sofá. ¡Qué visiones indescriptibles había tenido! Su alma había sido arrebatada y arrojada al páramo brumoso, se encontró con las almas errantes que le suplicaron ayuda pero las ignoró. Tenía una meta trazada: llegar a la mansión de los veintiún faroles. Cuando los perros infernales aparecieron corrió hasta el bosque, ya conocía los terrores que allí encontraría y huyó de las arpías. Cruzó el pantano pútrido esquivando a los murciélagos con tentáculos y entonces divisó las luces y la mansión en la colina. Supo que el error de su niñez había sido el miedo, así que no corrió, caminó por el sendero flanqueado por enormes monolitos hasta que llegó al final del camino. Sí, el final. Allí se abría un abismo insondable que lo separaba de la anhelada mansión de los veintiún faroles. Se asomó al borde del precipicio y… ¡qué horrores sin nombre vislumbró en aquellas profundidades!

Tenía que plasmarlo en papel, sabía que no había palabras exactas para describir el horror que lo miró desde aquellas profundidades inescrutables, pero tenía que hacer lo posible. Lo que vio era tan espantoso e inefable que incluso un esbozo estremecería de miedo al lector más experimentado. Eduardo escribió febrilmente día y noche hasta que cayó rendido por el cansancio.


El teléfono sonaba por tercera vez en aquella tarde y Eduardo no respondía. Quienes llamaban con tanta insistencia eran sus padres, que no tenían noticias suyas desde hacía varios días. Estaban muy preocupados, pero la edad no les permitía hacer un viaje tan largo. Entonces llamaron a Susana, quien vivía con su esposo bastante cerca del departamento de Eduardo. Le pidieron que lo visitara y comprobara si se encontraba bien. Susana y su esposo fueron de inmediato, tocaron a la puerta del departamento, pero no obtuvieron respuesta. Susana conocía el trastorno que sufría Eduardo y sabía que estaba atravesando momentos difíciles debido a su fracaso como escritor. Temiendo lo peor, pidió al portero que abriera la puerta.

Encontraron a Eduardo en estado catatónico en medio de la alfombra de la sala con un cuaderno a su lado. Sin dilación lo llevaron al hospital y avisaron a sus padres. Eduardo despertó por un momento, tomó la mano de Susana, balbució que descendió al abismo y encontró la llave de plata… y volvió a caer en ese estado de inconsciencia.

Eduardo fue internado en un hospital psiquiátrico. Yacía en una cama en un inexplicable letargo, el suero mantenía con vida su cuerpo que era un cascarón vacío, pues su alma había cruzado el insondable abismo y con la llave de plata había abierto la puerta de la mansión de los veintiún faroles. Y allí se encontraba, en la biblioteca repleta de grimorios malditos y pergaminos arcanos escribiendo relatos de un horror indescriptible.

Sobre la autora

Liliana Celeste Flores Vega (Perú, 1976)

Escritora, actriz y modelo alternativa. Ganadora del primer lugar en el concurso de cuentos de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft con su cuento “La criatura de los humedales” (2014). Segundo lugar en el concurso de cuentos retrofuturistas organizado por la Comunidad Steampunk del Perú con su cuento “La promesa cumplida” (2016) y tercer lugar en el mismo concurso con su cuento “Memorias perdidas” (2017). Publicó de manera independiente el poemario “Memorias de una Dama Blanca” y el compendio de cuentos “Anacrónicas” (2016).

También ha participado en la muestra de cuentos de terror “Tenebra” de la editorial Torre de Papel (2017) y en las antologías “Cuentos peruanos sobre objetos malditos” (2018), “Cuentos sobre brujas” (2019), “Encuentro en otros mundos” (2019) y “Cuentos sobre la Luna” (2019) de la editorial El Gato Descalzo. Es colaboradora de varias revistas digitales como El Narratorio, Penumbria, Letras y Demonios, Tenebrarum y otras.

Es autora del blog literario “Memorias de una Dama Blanca”

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