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Ella


Maldito Heber:

Otra carta sin envío, ni remitente, ni fortuna, ni vuelta a casa, bastante parecido a lo que sucedió con nuestro amor. Por más que lo busco, por más que intento encontrar la solución a la fisura que dejaste en mi corazón, no puedo dejar de pensar en que tu presencia me resulta insoportable cada vez que me buscas, que el fuego de tus ojos ha desaparecido y que el ardor en mi garganta es como el mismo infierno, pero contigo.

¿Por qué? ¿Por qué decides que otra boca quiere mejor? ¿Por qué eliges otras uñas que rascar en caso de emergencia? ¿Por qué otras respuestas que contestar? ¿Por qué dejar huella en otra isla?

Desde que te fuiste a la mitad, sin quitar el dedo del renglón, me he dedicado fervientemente a escribir las cosas que odio de ti —introspección, le digo yo—, para saber si esto funciona como catarsis y al fin poder extraerte de mí sin dañar mi voluntad, sin dejarme nada.

Odio cada pequeña parte de ti, odio tu sonrisa petulante, tu risa escandalosa, tus brazos faltos de cariño, tus palabras llenas de mentira, tu aliento caliente, tu silencio estruendoso, tu mirada glaciar, tu sexo frío, tus besos helados, tus manos carentes, tus pasos duros, tu distancia cercana. Odio sentirme entera contigo, odio la soledad en compañía, odio tenerte a medias, odio las canciones melosas, odio pensarte en la regadera, odio tocarme e imaginarte conmigo. Lo único que me dejaste fue vacío, enormes hoyos que me recuerdan lo mucho que te quise. Y lo mucho que te querré si sigo clavándome el cuchillo cada vez que te echo de menos, cada vez que pienso que no eres tú, que es alguien más, que mi deber es seguir buscando una señal de que tu cama no es mi hogar y de que tu trinchera no es mi escondite.

Odio mi existencia por el hecho de querer la tuya calentando mis pies en las mañanas, diciéndome que con las faldas cortas me veo más guapa, y que el miedo es mi mejor armadura. Menudas mentiras las que te salían de la boca, una boca preciosa, claro, podría pasar media eternidad ahí y no cansarme en lo absoluto. Pero eso tú no lo dispongas, el estar juntos.

Heber, siempre fuiste a todo o medias, que sí te quiero pero vamos muy rápido, que sí te quiero pero me gusta alguien más, que sí te quiero pero me gustaría experimentar, que sí te quiero pero sólo por momentos. Ese era tu problema, y lo sigue siendo: no sabes lo que quieres. Y me llevas entre las piernas porque yo sí estaba segura de algo, de que lo quería todo contigo, habría arriesgado horas de lluvia por la calidez en segundos, habría dado voces quebradas por un «te quiero» inaudito.

Claro que te odio, te detesto; tus mensajes inoportunos, porque sabes exactamente el momento en el que estoy avanzando, en el que estoy caminando sin dar paso en falso. Tienes una maldita antena que conoce mi vereda, esa que te dirigía al desfiladero sin entrada, a la parte donde nos amábamos sin control, donde la luz se convertía opaca porque no necesitábamos a nadie ni a nada si nos teníamos; era verdadero amor. ¿Lo era, Heber? Es por eso que te odio, porque nunca entendiste lo nuestro, aunque te lo repitiera cada noche a punto de dormir, que tus tres lunares pertenecían como ficha única al de mi espalda, que ahí éramos, y ahí seríamos, y pensabas que estaba loca, loca de remate al sentenciar que éramos nuestros a tan corta edad, pero es que tú también lo sentías, todo ese amasijo de emociones cuando nos deshacíamos con una mirada.

Crees que nunca entendí la canción que me dedicaste, que hacía oídos sordos y mirada opaca, aquella en la que recitaba que te había roto el corazón a pesar de que estabas exhausto de entregarlo, pero claro que lo entendí, Heber, yo también estaba cansada de ese maldito ir y venir sin discernir.

Tu dilema es que no me quieres dejar ir, te acostumbraste tanto a tu soledad fingida que lo único que haces ahora es buscar en la ventana algún resquicio de atención de mi parte, un fogonazo de que sigo ahí para ti, de que nunca te dejaré. Y ese es mi dilema, o lo era, que prefería herirme contigo que quererme sin ti, y hoy, después de todo, lo comprendo.

Tú y yo no estamos hechos para estar juntos, no nos pertenecemos, no somos esa pieza que encaja sin estarle dando vueltas, apretujándola para que tenga su lugar, para que al fin se ajuste sin malos trucos. Esos no somos tú y yo. Somos tempestad, y éramos fuego, sigues quemando cada poro de mi piel, sigues reclamando que soy tuya cuando yo me encuentro esnifando otra velita, otra vida.

Heber, no soportas verme sin ti, y es por eso que regresas con sutiles indirectas, para que de una vez por todas me rompa sin que quede nada de mí, para que no me reconozca en el camino porque lo sabes, lo que más odio de ti, es que te quiero, sin explicación y sin acertijos, te quiero, y ese es nuestro castigo, el querernos odiándonos, o el odiarnos mientras nos queremos, porque seguimos siendo bastante ciegos para darnos cuenta de que un amor como el nuestro no se encuentra en ninguna esquina.


Él


No tan querida Paulina:

Para hablar del amor primero hay que conocerlo. Para conocer el amor debe haber compromiso y todo compromiso implica una entrega. En otras palabras, no hay amor sin entrega y no hay entrega sin voluntad. El amor es una decisión. Con esto empiezo y con el miedo continúo.

Siempre tuve miedo. Creo que no hay manera más sincera de amar a alguien que diciéndole lo mucho que temes perderla. Y así te he amado, con miedo a que un día te cansaras, con miedo a no darte las suficientes razones para quedarte. Al final he entendido que no, que ni la poesía es suficiente, ni el amor tan profundo. Más evidente que los dos es el odio, pero no ese de querer desearte la muerte, sino ese de querer que vivas lo suficiente para ver lo feliz que soy sin ti.

Leo en tu carta más desaciertos que verdades. Tantas dudas te salen del alma que las disfrazas de odio, y al final dices que me quieres. No, Paulina. El amor no es un juego donde disparas esperando que no duela, no es una máquina mal equipada, no es un pasatiempo. El amor no se improvisa. Pero te conozco y siempre supe lo orgullosa que eras para no admitir lo evidente, como que no fue mi necesidad de compañía la que hizo que te quedaras, sino tu necesidad de sentirte necesitada. Amabas que viera en ti mi calma, y por eso me hiciste pasar tantas tormentas, porque querías ocupar el lugar incluso de aquello que me enfermaba para ser tú mi cura. Amabas controlarlo todo, sentirte absoluta, plena, tan necesaria, y aun así te quise.

Lo que tú interpretaste como un amor a medias no fue más que mi manera de decirte que me faltaba tu complemento. Siempre supe que te quise por sobre cualquiera, que el tiempo fue el correcto. Y te dije que íbamos demasiado rápido no aludiendo a mis ganas de evitar un compromiso, sino a que no quería que se terminara la magia de las primeras veces, la magia del preámbulo, de lo que precede a toda relación: la ilusión de tener un para siempre. Y tuve razón. Comenzamos rápido y rápido terminamos.

Y sí, he de admitir que estuviste cuando todo este mundo nuestro se resquebrajaba, pero dónde estuviste cuando fue momento de reconstruirlo. Dónde estuviste cuando tocaba dirigir nuestros pasos hacia esa luz de esperanza, dónde estuviste además de en mis recuerdos, porque te encontré ahí como si, teniéndote, ya te hubiera perdido. Así fuiste cuando te quise: lejana y distante, como se quiere una vida sin vivirla, como se envidian lujos ajenos: tan tangible, tan cercana, pero ajena, siendo tuya, poniendo barreras que, cuando las quitaste, ya fue demasiado tarde. Porque no te encontré ni siquiera en mis canciones, especialmente en la que te dediqué y que dices entender, porque tú no entendiste nada. Cuando esa canción te dijo que me habías roto el corazón, no buscaba que la entendieras, sino que vinieras a arreglar las cosas. Pero brillaste por tu ausencia. ¿Es que todos los primeros pasos tengo que darlos yo?

Ahora tú no soportas mi presencia porque en mí todavía vive esa mujer que algún día fuiste. Odias verte tan desnuda, con el alma rota por tu propia mano, con la tristeza tatuando tu cuerpo como una segunda piel. Odias verte sin máscaras, porque así fue como pude verte a través de tus acciones más que por tus propias palabras: desprovista de sinceridad y tacto, haciendo de tus lágrimas un idioma que sólo tú entendías.

Si aún me sientes en tu piel, en tu alma, en tu vida, no es porque todavía te reclame, es que tampoco me dejas ir y todavía te sientes soberana en mis fronteras. Has cometido el error de dejar que en ti viva aquel que te necesitaba para todo, pero yo ya no soy ese que te buscó en sus caminos, ya no soy el que siempre apuntó hacia ti, ahora soy aquel que te ve como siempre has merecido que te viera: alguien que adolece en su propia isla, alguien que naufraga en su propio océano, alguien que piensa que es extrañada sin saber que con cada día que pasa se gana un lugar en mi olvido.

Así fue que decidí que otras manos sostienen mejor, que otra piel sana mejor que la tuya. Encontré en otros labios esas palabras que nunca salieron de tu boca. Encontré en otro cuerpo la paz que tu fuego sólo había destruido, ya puedes dejar de hacerte preguntas. No te engañes, Paulina: siempre fuimos posibles. Sí pudimos superar nuestros miedos, sí pudimos porque nos amábamos. Sí fue amor verdadero lo que sentimos, lo que hicimos. Pero para ser realistas, nunca vamos a tener mejor oportunidad que la que dejamos pasar. Por eso ahora no diré que te odio aunque me sobren las razones, pero sí que ya no te quiero como antes, porque ya no tengo fuerzas, te las has llevado todas.

Posdata 1: Quiero que pienses en lo que te dije al comienzo: que no hay amor sin entrega ni entrega sin voluntad. Me faltó añadir que tampoco lo hay sin cierta intuición, sin un poco de sentido más allá del placer. Pudo haber mucha entrega pasional de tu parte, pero nunca me diste aquello que tanto busqué en ti: una conexión sólida, que me hiciera sentir que también vivía para ti, pero no que mi vida eras tú. No espero que lo aceptes, pero sí que lo entiendas.

Posdata 2: Confórmate con saber que eres inolvidable.

Paulina Mora y Heber Snc Nur