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Cuando te vi todo se detuvo.
Se detuvo mi cuerpo,
se detuvo el tiempo.
Todavía puedo escuchar el crujir de las manecillas del reloj.
Mis células,
se detuvieron.
Mis pensamientos,
se detuvieron.
Mi vida,
se detuvo.

Mis ojos te seguían,
atónitos;
mi mirada,
fija en tus uñas carmín,
pero tus pasos nunca cesaron.
Tu vida continuó
como yo continué con mi camino.

No te percataste de mi mirada ni de mis ojos,
ni de mi existencia,
ni de mi tonto amor.
A veces pienso que sólo fui un cero a la izquierda,
otra vez,
el hombre invisible,
otra vez.

Desapareciste tras un mar de gente,
Nadabas con soltura
por las transitadas calles de París;
un París que no es el mío,
un París no tan gris.

Tu vida continuó,
como si tus ojos nunca hubiesen conocido el dolor.
Mis labios sellados con los verbos que nunca te di.
De mis manos
volaban caprichosas,
caricias engendradas por la madrugada.
Ninguna llegó a ti.
Pertenecían a distintas chicas
con distintos nombres,
con distintos roces,
de distintas pieles.
Chicas,
de distintos colores,
de distintos sabores,
con distinta sed.
Cargaban el peso del invierno de ayer,
el pago por quedar en deuda con la soledad.

Te vi y todo se detuvo.
Desapareciste tras un mar de gente
y todo se detuvo.

Joel Estrada