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La niña ve el noticiero en la televisión de la sala, abrazada a su osito de felpa. Las autoridades están recomendando una vez más que, para evitar posibles contagios, los niños no deben salir de sus casas durante la cuarentena. En ese momento, la madre se acerca y le dice que debe ausentarse por una emergencia, debe dejarla sola un rato, pero volverá pronto, y le repite varias veces que no debe dejar entrar a nadie. La niña promete que no lo hará. La madre le da un beso, le dice que la quiere mucho y sale. Apenas un momento después, llaman a la puerta. Ha de ser mamá, piensa la niña, que olvidó algo. Acude provista de su mascarilla. El hombre con uniforme y distintivo le informa:

—Hola, niña. Soy del Ministerio de Salud, vengo a fumigar.

—Pero no debo dejar entrar a nadie. Mi mamá no está.

—Debo entrar a fumigar, niña. O tú y tu mamá se podrían enfermar. ¿Tú no quieres que tu mamita se enferme, verdad?

—No.

—Buena niña. Ábreme, entonces, no demoraré.

—Pero ¿y si mejor la espera? ¿O vuelve después?

—No puedo, tengo que ir a fumigar muchas otras casas más. Y si me voy ya no podré volver.

—Mmm.... Bueno, está bien.

—Buena niña.

La niña abre la puerta. El hombre ingresa, empuja a la niña al interior y cierra la puerta. Se coloca frente a la niña, abre la bragueta de su pantalón y extrae su miembro.

—¡Ahora te vas a meter esto a la boca, si no quieres que tu mamita se muera!

La niña lo mira estupefacta. Pero no se mueve.

—¡Vamos, que te lo metas a la boca, rápido! ¡O te juro que, cuando tu mamá regrese, la mato!

La niña se aproxima. Se lleva una mano a la mascarilla. Dedica una última mirada a los ojos del hombre.

—¿Lo dice de verdad?

—¡Sí, ahora métetelo a la boca! ¡Rápido!

Apremiada por las prisas del hombre, la niña baja la mascarilla de un tirón, abre la boca lo más grande que puede y se introduce rápidamente el miembro entero en la boca El hombre lanza un alarido.

La niña mastica con sus enormes colmillos afilados. El hombre cae de rodillas frente a ella, desangrándose. Su rostro retorcido por el dolor queda muy cerca del rostro de ella, y no para de gritar.

Sin dejar de masticar, la niña se limita a colocarse la mascarilla en su lugar, para evitar posibles contagios.

Juan Carlos Santillán