Fuente de imagen


¿Te acuerdas cuando yo estaba duro
y tú estabas buena?
Ahora a ti parece que te ha pasado
un autobús por encima
y a mí un tren.

Y sólo han sido años,
un montón de soplidos sobre tartas
que en lugar de cumplir los deseos,
los hacían volar lejos de nuestras manos.

Y no, no nos enterró aquella vecina morena
que decía hola con el escote,
ni nos mató el masajista que te enseñó
que el punto G también estaba en la espalda.

Hemos sobrevivido a insultos y a celos,
a la droga de la rutina,
a las tardes de siesta,
a películas con el mismo final,
el mismo asesino,
la misma lágrima.

No ha podido con nosotros el fin de mes,
ni los recibos apilados sobre la mesa,
ni el otra vez lentejas para comer,
ni los anuncios de la tele
donde cualquiera era más feliz
de lo que debía.

¿Te acuerdas cuando tú decías fóllame
y yo te hacía el amor?
Ahora nos cuesta acercarnos para darnos un beso,
como si nos bastara mirarnos para sabernos.

Y no sucumbimos a los secretos,
ni la nostalgia nos robó la paciencia,
tampoco el reloj decidió en nuestra prisa.
Cuando teníamos el presente entre las manos,
el futuro nos cabía en el siguiente abrazo.

Salimos ilesos de nuestras propias guerras,
a veces fuimos rehenes
y otras el enemigo.
Éramos los mismos que firmábamos la paz
y que planeaban el siguiente ataque.
Alguna vez perdimos, lo reconozco.
Pero nunca, nunca, nunca,
nos dimos por vencidos.

¿Te acuerdas cuando al principio
no sabíamos qué hacer con las promesas?
Y fuimos tan felices que nadie,
absolutamente nadie, apostaba por lo nuestro.
De hecho, creo que ni siquiera nosotros.

Y sin embargo, ya ves aquí estamos,
cumpliéndonos el para siempre.

Ernesto Pérez Vallejo