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Por supuesto que era la última vez,
debería saberlo;
tenía los ojos tristes y la sonrisa cansada,
miraba de soslayo su vientre y me decía que no,
que esta locura tenía que parar,
porque debe de comprender,
tengo que cuidarme el corazón.
Me contaba de sus nuevas conquistas,
y a mí,
los pedazos olvidados se me iban rasgando por las orillas,
pedía auxilio con voces calladas,
y comprendí que fingir era mi mejor arma;
le di buenos consejos de amor y dejé que continuara con su vida,
venga,
que eso de ser amigos es una patada en el cuello.

Me despedí de él sin pedirle absolutamente nada,
no le dije que me iba,
porque estaba claro en mi silencio,
vamos,
que ya estaba de más,
no volteé para mirar su partida
porque él tenía tiempo de estar
en otra parte desde que nombré su faro.

Así que le digo adiós,
con una lágrima rodando por mi cuerpo,
con el dolor incesante de otros labios tocando su piel,
de otra forma de querer sus lunares,
y decir que su bandera siempre fue la honestidad.

El invierno se aproxima,
me pongo mi mejor sonrisa,
un abrigo para quererme por encima de todo,
y le susurro que no se preocupe,
que la poesía siempre será él.

Paulina Mora