Fuente de imagen


Sólo quiere noche, nada más que noche; que nunca acaben esas horas armadas de silencio hasta los dientes. No desea sino esconderse en las cavernas de Internet, ignorándose a sí mismo, rebuscando entre películas y series de otro tiempo algún resquicio por el que dejar caer su mente y no pensar.

Cuando amanezca, el Sol será guillotinado de un golpe de persiana…

Su rostro se tensa, bajo una coraza de temor y odio, porque no soporta que el mundo se sacuda la noche de los hombros.

Trata entonces de dormir, pero le pica todo el cuerpo…

Respira el olor de la luz irritada y corrosiva que se cuela débilmente desde afuera. Escucha cómo nace la vida al otro lado del miedo, más allá de las paredes, enroscado a la miseria como si de un peluche se tratara.

Se siente incómodo dentro de sí mismo; los músculos sucios y untados de grasa, flácidos y sin fuerza, son un fétido y burlón reflejo de lo que fueron una vez.

En ellos se resumía gran parte de su orgullo…

A lo largo de su vida, los engranajes de su espalda no fueron los primeros en romperse, pero los mordiscos de dolor en su columna son los que le recuerdan que a su juventud ya le han puesto el punto final.

Hunde entonces su cabeza en la música, ya que no puede dormir, buscando algo de paz en esas canciones capaces de fundir la distancia entre los años… Esos discos en los que el pasado parpadea y le guiña un ojo, sonriente, para ver si entre la maraña de vidas que ha vivido, hay alguna en la que le quieran dar asilo momentáneo.

El recuerdo… ese campo de refugiados para cobardes.

Finalmente, despierta por la tarde, cuando ya no escucha demasiadas voces encaramarse a la ventana; cuando se desperezan de nuevo los abismos, y busca a ver si queda algún sueño vivo debajo de la almohada.

El Hombre Púrpura