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No soy un buen hombre,
ni siquiera consigo mantener la cordura
por cuarenta y ocho horas seguidas.

No tengo amigos y en mi reloj
el tiempo no combina con las agujas;
bebo ya no sé si para olvidar
o para recordar el doble,
aunque la camarera me dice que ambas cosas
son lo mismo tratándose de un poeta.

Mi pretexto para el alcohol
es una tara agobiante de tristezas
será por eso que cada vez
que me termino un trago
te encuentro al fondo de la copa.

No sé si ha sido el verano lo mejor de todo,
o si el invierno nos ha mostrado los dientes,
pero te juro que nunca antes he sentido
no pertenecer a ninguna parte.

La última mujer a la que quise
tenía una sonrisa pornográfica,
sus piernas como olas rompiendo
contra todas las rocas de mi vida.

Su boca era la rendija
por la que cabía toda mi hambre;
la sed que nunca sacié
se la llevaron sus labios.

Su cuerpo era una selva, un desliz erótico,
una caricia húmeda, un secreto fundido
entre la isla de su pubis
donde el sabor del mar se confundía con mi lengua,
donde el verano era una fiesta para ambos.

Se fue de la noche a la mañana,
tal como había venido.
Y yo no puedo sacarla de mi mente,
tal como había entrado.

Debiste verme en aquellos días de junio,
resistiendo la lluvia con paraguas y cigarro en mano,
barajando imposibles en formas de deseo,
caminando con un rastro de negrura
que dejaba sobre el asfalto.

La perdí como todo lo que he querido en mi vida,
la odié como todo lo que quiero de vuelta.

Pero a ti, que vives en aquella ciudad lejana,
que vistes con la mirada de los hombres de la calle,
a ti, ¿qué hay que hacer para tenerte?

Pareces un huracán perdido
y yo estoy acostumbrado a las tormentas.
Hazme la vida imposible, jódeme,
quiébrame si sólo para eso te sirvo,
pero quédate.

A estas alturas de mi vida,
el que alguien quiera apagarme
me parece también un rescate.

Dashten Geriott