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1

Inicialmente se anunció que la cuarentena duraría sólo quince días. Al cumplirse estos, se amplió a noventa. Y así, de manera progresiva, el estado de emergencia se fue extendiendo hasta que se hizo difícil recordar cuándo había empezado todo.

Los primeros días, la gente no acataba a conciencia la orden de permanecer en sus hogares. En los siguientes, el ejército tomó el control de las calles, patrullando las veinticuatro horas. En la televisión y el internet abundaban las noticias, ciertas y falsas. Se aseguró que el suministro eléctrico estaba garantizado. Pero con el tiempo se interrumpió. Los celulares dejaron de funcionar. El aislamiento se tornó absoluto. Sólo se oía a los militares patrullando, pidiendo calma y exigiendo el acatamiento. En un punto, fueron espaciando sus recorridos. Hoy no se oye nada.

Nathaniel despierta sobrecogido por el silencio absoluto. No hay sirenas, motores ni voces. Calza sus zapatillas y asoma a la ventana. Es un día nublado, gris, frío. El otoño ha empezado. Medita un momento. Se coloca la mascarilla, coge sus llaves, se dirige a la puerta y sale a la calle después de muchas semanas.

No hay un alma. Camina varios minutos sin ver a nadie en las calles o en las ventanas. Tampoco hay perros, gatos o aves. Los árboles están secos. Llega a una avenida. Nada. Intenta decidir hacia qué lado ir. Opta por encaminarse hacia el mar. A medida que se aproxima, puede oír el oleaje. Esto lo hace sentir bien. Lo invade una melancolía serena. Llega al malecón recordando todas las veces que estuvo ahí buscando estar solo y tranquilo, lejos de la gente. Sonríe. Le hace gracia. Sin poder evitarlo, empieza a reír. Lanza una carcajada. Ha sido tanto tiempo encerrado. Ríe a todo pulmón. Grita al mar infinito. Y el mar parece responderle. El oleaje se agita. Vuelve a gritar. El mar se embravece. Se pregunta si no se habrá vuelto loco. Grita con más fuerza. De pronto, el oleaje se levanta tan alto que la espuma se eleva desde el acantilado, salpicando el malecón. Nathaniel retrocede. Frente a él emerge una figura oblonga, sostenida por patas largas como las de una araña, que se agitan ondulantes. Nathaniel da la vuelta y empieza a correr todo lo rápido que le dan las piernas. Por su izquierda ve una forma larga y sinuosa, como un látigo, que en un instante llega hasta él. Es un tentáculo. En cuanto siente el contacto, una fuerte corriente eléctrica lo recorre. Y queda inconsciente.

2

Nathaniel despierta flotando desnudo. Lleva puesta una mascarilla de otro tipo. Su primera reacción es quitársela.

—No lo hagas —dice una voz—. O morirás.

Detiene sus movimientos. Flota en un líquido azul verdoso, casi por completo a oscuras. En algún lugar hay una luz que apunta hacia él. Comprueba que sí, puede respirar bien. Pero, aun así, le oprime el pecho una sensación de ahogo.

—Esa opresión que sientes puede ser pánico. O la presión que ejercen sobre ti las muchas atmósferas que hay sobre tu cuerpo.

Nathaniel prueba si puede hablar.

—¿Qué quieren de mí?

—Tú vives en la superficie, fuera del agua. Ninguna criatura debió salir a la superficie. Criaturas estúpidas, arruinando todo, ensuciando el mundo con su sola presencia.

—¿Qué? —grita Nathaniel, con la cabeza bulléndole, presa de la histeria—. ¡Pero yo no soy culpable de eso! ¡Yo no soy así! ¡Yo soy muy responsable! ¡Yo no contamino, cuido el mundo...!

—¿De qué hablas? ¿"Cuidar el mundo"? No has entendido: ¡las criaturas de la superficie ensucian el mundo con su sola presencia! ¡Es su simple existencia la que lo arruina todo! ¡La vida pertenece al agua, no debe existir en la superficie! ¡Por eso creamos el virus: para que todos murieran!

Nathaniel intenta ordenar su ideas.

—¿Todos están muertos? —pregunta.

La voz guarda silencio.

—Pero... yo estoy vivo.

—Al fin haces una observación sensata. ¿Y ya entendiste por qué?

En ese momento, el agua cambia de color, pasando a un ámbar parduzco, y la piel y la carne de Nathaniel empiezan a descomponerse rápidamente. El dolor es insoportable. Lanza alaridos y se retuerce. Cuando el proceso acaba, está a punto de desmayarse. Contempla los trozos de su carne flotando alrededor.

—Éste eres tú, realmente.

Nathaniel contempla su cuerpo. Lo que ve lo aterroriza. Grita. Una vez más, siente que se ahoga. Intenta zafarse de la mascarilla. Prefiere morir ahogado. Al fin logra arrancarse la mascarilla, que se desprende de su rostro llevándose consigo los labios, las mejillas y la nariz.

Sólo para descubrir que puede respirar libremente.

Sus lágrimas se pierden en el agua. Llora amargamente.

—Ven, hermano —oye.

Y se deja arrastrar por la corriente, a lo más profundo del fondo abisal.

Juan Carlos Santillán