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Lo bueno del alcohol, es que con cuatro copas encima cualquier mujer te parece accesible. De no estar bebido, lo que está claro es que no se me hubiera ocurrido entrarle a semejante rubia. Una vez, un amigo de esos que uno acaba echándose para no beber solo, me dijo:

—Cuando estés borracho y te guste mucho una mujer, réstale la mitad de su belleza, la otra mitad es fantasía.

Fantasía o no, cuando la tuve a dos metros, no me salió una palabra, sólo una especie de gemido ridículo, lo suficientemente grave para que la música no lo tapara y se perdiera en un acorde.

Ella hizo algo parecido a sonreír, me quitó la copa de la mano y se la bebió de un solo trago. De haberse vuelto en ese momento, hubiera lamido el borde del vaso, con la misma curiosidad que un niño un helado de tres bolas. Pero se quedó allí casi sin parpadear y tuve la sensación de que me estaba viendo desnudo.

Era guapa, no guapa de esas que tienes cerca y suspiras; guapa de aquellas otras que tienes lejos y te falta el aire.

Yo la invité a otra copa y ella al paisaje de su escote. Era injusto, quizá. Me salió muy económico mirar a través de las puertas del infierno. Luego me dijo su nombre. «Valeria», y con su lápiz de ojos, en el cartón de mi paquete de cigarros, puso su número de móvil.

Llegaba tarde, aunque no especificó el sitio. Supongo que intuyó que, de yo saberlo, la hubiera esperado allí el resto de mi vida. Así que mientras el cincuenta por ciento de su belleza atravesaba la pista de baile hacia la salida, yo me llevé a casa el otro cincuenta, para demostrarle a solas que los borrachos, a veces, también decimos la verdad.

Ernesto Pérez Vallejo