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Regresaba de un corto viaje luego de una jornada de trabajo de seis días.

El bus, como siempre estaba repleto, pero acostumbrada a esa situación, no le di importancia.

Estaba a sólo media hora de llegar a mi destino cuando una fuerte colisión nos sacudió como muñecos de tela adentro del bus. Llantos, gemidos y gritos llenaron mis oídos. La carretera al costado del abismo fue el peor lugar para transitar en aquel momento ya que inevitablemente quedamos al fondo de él.

Caímos, caímos mientras nuestros cuerpos se quebraban. No sentí dolor y me incorporé. Mi visión al comienzo fue nublada pero al transcurrir un poco de tiempo pude ver portales de luz y oscuridad que empezaron a abrirse a mi alrededor, al mismo tiempo que veía los cadáveres regados, de los que fueron mis compañeros de viaje, y alguno que otro sobreviviente musitando por ayuda entre los fierros retorcidos del bus.

Vi directamente cómo algunas almas se desprendían de los cuerpos magullados y que de los portales de luz salían seres alados presurosos, para recibir a esas ánimas. Por otro lado vi emerger almas oscuras, putrefactas, marcadas y deformes de los cuerpos inertes. El asombro era máximo en mí. Grandes brazos salían de los portales de oscuridad, los jalaban mientras chillidos inhumanos salían de sus asquerosas bocas.

Estaba yo ahí, estupefacta, ante el gran espectáculo, consciente de que yo era un alma más, y que en cualquier momento vendrían por mí. Luego todo quedó en silencio. Merodeé por el lugar y encontré mi cuerpo. No tuve pena de mi. Me acerqué a mi rostro y una presencia me habló.

—Así que tampoco te han llevado a ti.

—¿Quién eres tú? —pregunté asustada.

—Soy ahora como tú, un ánima más que está varada. Pero cuando mi corazón latía en la tercera dimensión era Bonifacio, ingeniero y padre de tres niños.

—¿Cuánto tiempo llevas varado y por qué?

—No lo sé con certeza. Lo que son segundos en vida terrenal pueden ser horas en esta dimensión. Uhm, no sé qué contestar a tu segunda pregunta, no tengo idea de por qué no me llevan. Claro que tengo miedo que lo hagan los oscuros. Incluso hay muchos que se esconden...

—¿Se esconden? ¿Quiénes se esconden?

—Las ánimas aborrecidas, esas tienen marcas y deformidades. A veces los portales no se abren, creo que es porque los demonios son ociosos hasta para recoger a los suyos. En cambio los ángeles son rápidos y contundentes. Apenas ven un alma con pocas deformidades pelean para llevársela. Son épicas esas batallas. Son aguerridos y fieros bajo su presencia de paz y amor.

—Lo que me cuentas es asombroso. Te veo bien, qué raro que esos seres de luz no te hayan llevado.

—No me registran, soy como una falla en el sistema. Muchas veces me acerqué a preguntarles, a suplicarles que me lleven, pero no posaban su vista en mí. Me ignoraban. Los maldije muchas veces porque hasta a almas más corruptas que yo fueron absorbidas por la luz.

—Entonces yo también he sido ignorada. ¿Cómo ves mi imagen? ¿Tengo alguna deformidad?

—Déjame verte bien. ¡Oh! ¡Tienes pies! ¡No puede ser! Mírame bien, yo levito, quiero ver mejor cómo te desplazas.

Empecé a caminar: izquierda, derecha, izquierda, derecha. La mirada de fascinación de Bonifacio era digna de una foto. Hubo barullo cerca al bus accidentado. Gente mirando la cruenta escena. Policías y agentes de rescate ya bajaban al fondo del abismo. Subían en camillas a los sobrevivientes. Al final a los finados. Ahí iba mi cuerpo. Bonifacio me alentaba a seguirlos, pero no quería ir a verme toda destrozada, fracturada y maltrecha.

Cuando todos se fueron, Bonifacio me animó a escondernos. No entendí su pedido, solo hasta que estuvimos rodeados por ánimas varadas como nosotros pero que no eran como nosotros. Eran las cosas más horrorosas que había visto en mi existencia: una mezcla de rarezas e imperfecciones. Bolas con brazos que terminaban en puntiagudas garras, seres aberrantes, sucios, difíciles de describir. Tan diferentes entre sí pero horribles uno más que el otro.

—Aléjense, escorias, ya pronto vendrán por ustedes —dijo Bonifacio poniéndose delante de mí.

Esas almas malditas no contestaban y se iban acercando cada vez más. Yo no sabía si eran capaces de hacernos algún daño. Cuando estuvieron casi por tocarnos, un portal se abrió sobre nuestras cabezas y demonios flacuchos de múltiples colores empezaron a succionarlos. Las ánimas que querían atacarnos antes, ahora imploraban por perdón, rezaban y se retorcían. Uno por uno fueron pasando por el portal en contra de su voluntad.

Luego la atención de los demonios pasó a nosotros. Nos miraron de pies a cabeza y se ensañaron conmigo. Bonifacio me abrazó mientras les gritaba: «¡Ustedes no tienen poder sobre nosotros, déjenla en paz, ella no es de los suyos, ella está entera y completa; se van a arrepentir de querer llevársela!» Yo hacía fuerza para seguir abrazada de Bonifacio, él no se cansaba de defenderme con palabras altisonantes. Un demonio incrustó su dedo en él y Bonifacio empezó a dar alaridos. Un portal de luz se abrió a nuestro lado, de ahí salió una prominente espada que atravesó al insolente demonio quién sonrió y retrocedió. Luego salió un ser hermoso y reluciente. Tocó a Bonifacio y cerró el hueco dejado por el demonio. Pasó su brazo por sobre él y lentamente se lo llevó. Mi nuevo amigo intermediaba por mí: «Ella es de los nuestros... a ella también, por favor, se los suplico». El ser alado nunca dirigió su mirada hacía mí. Al parecer yo era nada. Bonifacio se fue mirándome, entre triste y contento. Ambos portales empezaron a achicarse. Los demonios que se habían quedando viendo la escena se fueron uno a uno. Me quedé sola, miré mis pies y una sensación extraña me inundó. Un vórtice empezó a jalarme cada vez más rápido, pasé por unos tubos larguísimos hasta que sentí pesadez.

Abrí los ojos en cuidados intensivos.

Acabo de salir de coma.

Mirza Patricia Mendoza Cerna