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A partir de aquel día, luego de discutir por enésima vez con su esposa, no paró de beber.

Había heredado una gran y abandonada casa a las afueras, lejos de la ciudad, y la discusión era si venderla o ir a vivir en ese lugar. Su esposa quería vivir allá para alejarse del bullicio ensordecedor de los cláxones, de sus vecinos quisquillosos y arrogantes. Él, obstinado, no quería dar su brazo a torcer. No quería cambiar su rutina ni su zona de confort por el canto de pajaritos y atardeceres de fotografía.

Esa fue tal vez la semilla de su grave error: la obstinación.

Luego de separarse de ella, estuvo tres meses yendo constantemente a la corte. El desgaste físico y emocional se veían reflejados en su piel pegada ya a los huesos. Superado el dictamen de la justicia, pasaba los días en su nuevo y derruido hogar escuchando el chillido de las ratas, de aquellas ratas que con sus negros, curiosos y pequeños ojos lo veían siempre acostarse ebrio, maltrecho, triste, destrozado.

Borracho y perdido, recordaba aquellas pasadas noches de caricias, placer y lujuria junto a ella. Si tan solo hubiera puesto atención a sus súplicas, a sus buenas razones, no estaría ahora así, solo y al borde de la muerte. La ira y el enojo son malas consejeras.

Habitaba pues en esa casa heredada, donde al final fue a parar. Sí, a parar como un objeto inanimado porque ya no vivía, ni siquiera sobrevivía. Para notar su desahuciada realidad bastaba con ver sus vómitos malolientes en la entrada, escuchar a las goteras que, con su incesante tintinear, eran, junto a los ecos de las riñas de las ratas, los únicos sonidos del sitio.

Aturdido en esa casa, tras los hechos de la separación, lo que sentía era culpa. Su culpa era inmensa, terrible, desquiciada. Pero ya no había nada por hacer que esperar su propia muerte en ese lugar.

Luego del accidente y el juicio, pensando de sí mismo como un loco, lo supo de alguna forma: «En la gran casa abandonada me espera ella», se dijo y fue para allá. Me tiene que perdonar, decía para sí como consigna mientras iba en camino, mientras desorbitaba sus rojos ojos de tanto llorar. Llegó. Ahí estaba ella, su esposa, aún molesta, enfadada con él. Ahí la encontró, mas diariamente ella lo hacía padecer de largos dolores y sufrimiento. Esa mujer le mostraba sus brazos sangrantes, su clavícula rota, arrastraba sus vísceras colgantes a cada fantasmagórico paso que daba hacía él. Verla así le recordaba el fatídico día de la última discusión por la maldita herencia de la casa...

Platos rotos, gritos ensordecedores, forcejeo entre ambos. Salen a la calle. Él se sube al auto. No arranca. Ella camina rápido y, enfurecida, va alejándose . Él golpea el timón y grita; algunas lágrimas de impotencia salen. Arranca y acelera. Al terminar la segunda calle, ella la está cruzando; él no la ve, ni sabe quién es aquella mujer. El choque fue mortal. Un grito apagado y seco. El auto pasando por encima de un cuerpo. Los mirones, la ambulancia, su mujer muerta, abierta de panza; la pista ensangrentada. Los policías, la corte, los abogados, la absolución, su triste libertad.

Llora recordando, mientras toma un trago del pico de su botella. El alma penante de su esposa lo observa. No lo perdona. Las ratas se cobijan junto a su cuerpo aún caliente, y dormita siempre diciendo las mismas palabras desde ese día: yo te amaba, yo te amaba…

Mirza Patricia Mendoza Cerna