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Me escribiste palabras de rencor y dolor cuando aún no reconocías la pérdida, y hoy, que sabes que en verdad me he marchado, ya no sabes cómo llevarme de regreso a ti. Y es que eso se ha convertido en una misión suicida para tu vacío corazón.

No me arrepiento de nada, te lo aseguro; le he sido más fiel a la soledad que a tu olvido. Me ha costado tener que colocar todo lo que fuimos en un rincón que de vez en cuando visito para rendirle ofrenda, porque sabes que la has cagado una y otra vez.

Aquella noche me miraste con ojos de tristeza y ahí te diste cuenta del daño que me habías ocasionando por satisfacer tu puto egoísmo, por el miedo de quedarte completamente solo, de saber que, detrás de esa puerta que siempre tocabas, me encontraba yo con una risa para ti. Ahora ya no hay puertas, ni ventanas, ni ninguna rendija por la cual puedas oírme. Resulta que yo solo era un comodín en tu manojo de cartas, ese que decidías cuándo era la ocasión oportuna para utilizar o desechar.

Reclamas ser eso que yo nunca pude ser para ti, alguien tan vacío como tus abrazos, tan distante como tus besos y tan frío como tus palabras; y yo, que me vacié para que tú te llenaras, que me desgarré para coserte.

Quémame junto a los recuerdos, pero procura abrasarte con ellos, no dejes ni un solo rastro de tus manos sobre mis caderas, no te hinques para convertirme en arte, no pises las hojas que ya pertenecen a otra historia, no menciones mi nombre sin antes morderte la boca, porque eres un búmeran y yo tu maldito resorte.

Te arrepientes de todas las mentiras veloces que salieron de tus labios, de pensar que ya no me querías en tu almohada y será cuando querrás buscarme en una ventana que lo único que hace es gritarte mi partida.

Preguntarás y no me hallarás, y la maldición que me juraste solo se volverá contra ti.

Que yo ya estoy en llamas, pero al menos, a diferencia de ti, tengo una razón por la cual arder.

Paulina Mora