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Hoy me senté a esperarlo cerca de la puerta, como hacía todas las mañanas desde hace cuatro semanas aproximadamente, aburrida de verle día a día la cara ojerosa y arrugada. Venía siempre arrastrando sus pies. ¿En qué momento el rostro que amaba se convirtió en un rostro para despreciar?

Le esperaba internada en una casa de reposo, obligada a estar aquí a modo de castigo porque me había peleado con la vecina. No fue una peleíta de palabras o de gritos, fue más bien una enorme pelea de gruñidos y jaladas de pelos, aunque, valgan verdades, esa vieja ya no tenía muchos cabellos que digamos. Sobre todo, luego de haberme encargado de quitarle unos cuantos mechones. Aún lo recuerdo y esbozo una sonrisa triunfal.

—Señora, usted está muy mayorcita. Para evitar problemas mejor vaya a vivir a la casa de alguno de sus hijos, en el mejor de los casos su vecina fallece, por su avanzada edad, antes de que el juez admita la demanda que los hijos de ésta han amenazado en presentar — me dijo el abogado dándome ánimos para que me retire de mi casa, mientras que los míos solucionarían el problemita que acababa de causar solo unas horas antes, aquel día de la pelea.

Ya estaba recluida en este «ancianato», como le decía yo con desdén a la casa de reposo, casi un mes y mi vecina no se moría, ni se habían menguado mis ganas de volverle a pegar. Por fortuna, la demanda que pusieron sus hijos no prosperó, pero mis hijos, hartos de mis «travesuras», no me regresaban a mi casa. Habían acordado entre todos no cobijarme con ninguno de ellos ya que solían decir, tal vez con razón, que era una manzanita de la discordia por donde anduviese.

Mi amado, que era casi un octogenario acabado, ya no podía arrancar su vieja gloria de carro, entonces todas las mañanas venía en taxi para tomar el desayuno conmigo. A los lejos lo veía caminar lentamente. «Viejo sonso, nadie te pidió que vengas todos los días», me decía mientras sonreía mirándome al espejo de mano que llevaba siempre conmigo.

Como soy una compañera ejemplar, estoy lista para recibirlo: boquita pintada, rulos blanquecinos con mucha laca, perfumada como le encanta.

Él saluda al conserje, quien lo deja entrar y le ofrece traerlo hasta mí en una silla de ruedas. Mi viejo siempre se niega. Él nunca me lo dice, pero yo lo sé: sería incapaz de venir a mí, derrotado y arrastrado, en una silla de esas.

Conociéndolo yo a él y conociéndome muy bien él a mí, sabemos que hemos tomado un primer desayuno antes de vernos; él en casa y yo aquí; pero, muy hipócritas, solemos sentarnos el uno frente al otro para hacer el ademán de recién estar ingiriendo nuestros primeros alimentos de la mañana, tal como lo hacemos ahora.

—Ya quiero regresar a casa, viejo— le dije hoy mientras apretaba sus arrugadas manos—. La enfermera de aquí me odia y los cuidadores no me hacen caso cuando les hablo, pero si alzo la voz se ofenden. Quieren que yo estire la pata antes de tiempo. Quiero ir ya a casa, mis plantas deben estar marchitas. Seguro que mis hijos ya vendieron mi sofá, dicen que está lleno de pulgas, pero ni me dejan tener perritos o gatos. ¿Cómo puede tener pulgas mi sofá favorito? Tienes que decirles que me dejen salir de aquí, que estoy aburrida, que ya no trataré de pegarle a esa vieja fea y de mala gracia. Solo tú puedes interceder por mí, por nosotros— le suplico.

— ¿No has pensado que es mejor así, que estés aquí para poder vernos con más serenidad?

—¿Y darle el gusto a tu esposa? Ni loca, pero la próxima vez que la tenga entre mis manos haré mucho más que jalarle el cabello. 
 
—Amor, no digas eso y piénsalo mejor. Acá es más tranquilo, además tus hijos no pueden botarme de aquí. 
 
—Lo pensaré, viejo, lo pensaré —le digo mientras le pellizco suavemente sus arrugados brazos con mis uñas pintadas de rojo escarlata.

Mi viejo sonríe y termina su desayuno conmigo. Me da un beso en la frente y se despide. Su mujer lo espera, con un poco menos de pelo, claro está. Yo me quedo sola como todos los días, pero no me aflijo, ya le estoy echando ojo a otro viejito de aquí, del «ancianato». Si mis hijos pensaron que dejaría de coquetear con hombres casados se equivocaron. Espero que aquí las esposas no sean tan celosas.

Mirza Patricia Mendoza Cerna