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La miré y la sangre se me heló, porque, si la muerte no morara alrededor de su lengua, estaría ahora mismo besándole.

De las cosas que nunca pude responder, surgió este llanto, mirando su cadera despedirse, ondulando bajo la noche y su manto.

Se llevó hasta lo que no le pertenecía, se llevó todo de mí; mi cariño y sus consejos, y todos esos besos que nunca le di. Ahora no soy más que un sin rostro, se llevó el espejo en el cual mirarme y refugiarme.

La bufanda en la garganta, la casa siempre abierta, la sonrisa de dos que tienen un secreto y no lo cuentan, el mate sobre la mesa, los zapatos en la puerta y otras quinientas formas más de sentir que está cerca.

Alzo el brazo y pongo el vaso en alto. Brindo por la sensación de paz que me trae pensarle tanto. Beso su silencio, incapaz de decirle algo, sin embargo, estoy jodidamente cansado de escucharlo cuando le hablo.

Tengo la vida hecha polvo y pongo poco de mi parte para engullir las migajas de una noche de amor cuando por la mañana estoy nuevamente solo.

Y aunque a veces aflora una sonrisa en mi rostro, soy un pozo sin fondo, y si la vida se empeña en pisar mis hombros, me limito a observar; no tengo fuerzas, ya no respondo.

Autor: Joel Estrada