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Veintiocho lunas y veintisiete soles,
como la cantidad de lunares en tu espalda:
cincuenta y cinco como presagio
del tiempo que pasaría sin ti
luego de haberte besado
justo en el lugar donde el silencio
se hace canción y la canción gemido.

Quise noches entre tus piernas,
quise playas por orgasmos,
coleccioné besos y abrazos
y la pieza faltante,
que siempre fuiste tú,
nunca dio señales de vida.

Aquellos que te vieron caminar
con esa falda de enamorar huracanes,
con esas piernas de musicalizar las calles,
con esos ojos de embellecer las ruinas,
con esa sonrisa de maldecir la tristeza…
aquellos que se enamoraron
del relámpago de tu escote,
del vaivén de tus caderas,
no sabrán nunca del dolor que dejas:
por cada calle que te recibe
hay varias ciudades que se mueren.
Se me ha muerto la metrópoli paradisíaca
del besarte al alba, comenzando por tu cuello
y terminando en un suspiro de satisfacción.
Se me ha muerto el pueblo escondido
de los dedos que recorrieron tus poros.
Se me ha muerto la isla húmeda
de las gotas que caían de la ducha
cuando el amor todavía nos gustaba juntos,
cuando al juntarnos se creaban las galaxias.

Te vestiste de noche y saliste a enamorar a las estrellas.
Siempre amaste la oscuridad por el misterio,
tal vez por eso el misterio
nunca tuvo la decencia de irse
y pasé días preguntándome si me querías,
si todavía, al cerrar los ojos,
pedías el deseo de un «nosotros»,
si la cama sin mí te aterraba,
si mi mano en la tuya era un signo de victoria.

Me hablarán de las nubes que enmascaran la luna,
me hablarán de los vicios abandonados en portales,
de las botellas que han llevado tu nombre,
de todas las copas en cuyo borde
escribí un «te quiero» con la lengua
imaginando como un idiota
que la vida mejoraba al besarte.

Me hablarán del frío del invierno,
del calor de los ascensores,
del maremoto de las olas,
de las ciudades heridas,
del dólar que ha subido tanto,
del euro que ha bajado mucho,
de todos los cambios monetarios
sin saber que lo más costoso de todo
es haberte tenido tan cerca
para luego ver cómo te ibas.

Yo me he quedado con tus cigarrillos a medias
y las volutas del humo reptaban por las paredes
tantos días fuera de mis márgenes mentales,
recordando que tenías cincuenta y cinco lunares
y fueron cincuenta y cinco los días de tu ausencia.

Hoy ya no quedan páginas para el recuerdo
ni alcohol para las heridas,
la oscuridad cubre totalmente la cúpula del cielo:
ya no hay luna y esta noche…
esta noche
ni siquiera tiene estrellas.

Autor: Dashten Geriott

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