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Hoy he venido a hablarles sobre mi mejor amigo, el cual tiene cierta peculiaridad, es un vagabundo. Su nombre es Manuel, Manuel Pérez, mas en esta ocasión me dirigiré a él como “El señor de los perros”, porque estoy segura de que si lo ves por la calle no te va a impresionar, pero sí los 30 perros que siempre lo acompañan, dispuestos a morder a cualquiera que trate de molestarlo.

Debo resaltar que cuando lo conocí, no tenía idea de su condición, tuve que descubrirlo por mi cuenta. Nuestra aventura comenzó siendo un simple “Buenos días” hasta llegar a contarme sobre su larga existencia. Este hombre había sido abandonado por su familia, despedido de su empleo por ya no ser joven y acribillado constantemente por pandillas nocturnas; pero eso no era lo más triste. Solía llorar en mis brazos, se quejaba de los padres que lo utilizaban para intimidar a sus niños “No estoy loco, soy bueno, no entiendo por qué me tienen miedo, no me los robaré, lo juro, soy bueno” sollozaba. Yo no sabía qué decir, jamás me había puesto a pensar en los sentimientos de los vagabundos tras escuchar la típica frase “pórtate bien, o el loco te va a llevar” no tenía idea del daño que hacía. Lo único que tenía eran sus perros, ellos nunca lo juzgaban, sólo sabían dar amor, igual que los niños antes de ser envenenados por prejuicios.

Eventualmente traté de llevarlo a un refugio, pero él se negaba, decía que prefería pasar hambre junto a sus perros, que vivir cómodo en soledad, sabía que si lo acogían, lo alejarían de sus amados caninos. Él veía la belleza en su miseria, esa nada era su todo, ese ir y venir con sus amados era lo único que necesitaba. Él entendió el sentido de la vida y me lo trasmitió, él me salvó, me enseñó a vivir.

Lamentablemente como todas las buenas historias, esta tuvo un fin, el cual llegó cuando volví a la ciudad después de un año y no pude encontrarlo. Pregunté por él, pero obvio, nadie lo conocía así que nadie más notaba su ausencia. Más tarde descubrí que la municipalidad había emprendido un proyecto para “desaparecer” a vagabundos y perros callejeros, sí, “desaparecer”. Nunca pude despedirme de él, ni hacerle saber lo agradecida que me sentía por sus enseñanzas. Tampoco pude asistir a un funeral, ni visitar su lápida, como dije nadie lo conocía, y a nadie más le importaba, nadie lo recordaba.

“No tengo miedo de morir, tengo miedo de no vivir”, solía decir él, refiriéndose a que había encontrado la felicidad y que con eso le bastaba. También se refería a que no deseaba ser olvidado, y a partir de este monólogo, nunca lo será. Todos deberíamos aprender del señor de los perros. Todos deberíamos recordar a esta persona que en vida a nadie le interesó. Todos deberíamos ser como Manuel, Manuel Pérez, “El señor de los perros”.

La Máscara de ASIS