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Veintiún kilómetros, kilómetro al norte kilómetro al oeste, era la distancia que separaba a su cuerpo del mío. La medía para contenerme de alguna manera, pero, siendo sincero, lo que sentía a su lado era imposible de contener.

No es que la extrañara demasiado, simplemente, no sé cómo explicarlo. Existía una fuerza de gravedad que conectaba a su piel con mi piel.

Y yo la amaba. La amaba tres libros, once poetas; la amaba de aquí a la luna y de regreso.

La amaba como a las cosas que he perdido, así, demasiado, completamente. La amaba completamente.

La amaba en bucle infinito, como esas canciones que, por más que las escuchas, nunca cansan, esas canciones que te salvan la vida cuando no hay más checkpoint al cual asirse.

La amaba nueve planetas, las sesenta y dos lunas de Júpiter; la amaba desde el peligroso borde del abismo de mi soledad, sin trinchera, sin miedo, sin seguro de vida.

La amaba desde la cumbre de la madrugada hasta lo profundo del vacío océano en el que navego.

Autor: Joel Estrada