Foto por Nic McPhe

La mujer pajarillo es mitad mujer, mitad adolescente. Es por eso que piensa que tiene las alas muy cortas. Realmente ni ella ni nadie lo sabe, pues nunca se ha atrevido a desplegarlas en toda su extensión. Pese al grave inconveniente de su inseguridad, ansía como nada explorar el mundo. Quisiera ir ella más allá del lugar en donde vive, un pueblo grande pero que se le queda muy corto. Sueña con volar alto, muy alto, y viajar lejos, hasta más allá de donde llevan los océanos. Tiene su ansiado vuelo algo de la vaporosidad de una melodía. Por eso pasa las horas abrazada a su saxofón; cada canción que entona, la transporta a una ciudad vieja y olvidada. En su imaginación de saxofonista, los países se le presentan como partituras en blanco. Nada le gustaría más, a la mujer pajarillo, que doblegar a sus miedos, para componer melodías con sabor a papaya y otras frutas tropicales de territorios inexplorados.

El hombre tortuga, ante todo, camina despacio. Un día asomó la cabeza de su caparazón, para subirse a un autobús. «Por eso de recorrer el mundo», se dijo. Ascendía el autobús por las serranías sin fin del Perú, cuando, entre tanta vuelta y revuelta, el hombre tortuga se mareó. Contrariado, volvió a esconder la cabeza en su caparazón. Desde entonces prefiere contemplar la vida que echan por la tele. También se entretiene escribiendo cuentos cortos y largos, que saca de su imaginación tras darle vueltas y revueltas a lo que mira en la tele, y a lo poco que conoció aquel día en que se subió al autobús. En ocasiones excepcionales se fuerza a sí mismo y sale a la calle, por eso de tomar un poco el sol. Aprovecha y toma apuntes para sus cuentos, sobre la fauna humana que le rodea y de otras cosas que respira y ve. Vislumbra, en las vidas de los paseantes, todo aquello que, desde el interior de su caparazón, no se atreve a vivir él.

Encerrada en casa, ensayo tras ensayo, perfecciona la mujer pajarillo la técnica de su saxofón. Le entrega al instrumento su esencia, pues pretende llegar a tocar en la banda municipal. No piensa en otra cosa, desde el día que en que la oyó tocar en el kiosko de la plaza del pueblo. Sabe que la banda viaja de municipio en municipio, ofreciendo a la vecindad pasodobles e himnos solemnes. Para la mujer pajarillo, ese transcurrir entre pueblos, como viaje, algo ya es...

Los viernes y sábados, el hombre tortuga estira el cuello y sale de su confinamiento por unas pocas horas. Se viste con el traje de gala de la banda municipal, donde acude para tocar un instrumento. Como no podía ser de otra manera, el hombre tortuga toca la tuba. Le gusta sentir que marca el ritmo de la banda, con su paso estentóreo, decidido y lento. Pese a no ser un virtuoso del instrumento, en la banda, al hombre tortuga, lo tienen en cierta consideración. Es consciente de que lo sobrestiman, tal vez a causa de la voz grave y retumbante de su tuba. Acaban de proponerlo para el tribunal que seleccionará a los aspirantes a tocar en la banda. Preferiría, como hace siempre, encoger el cuello y escapar dentro de su tuba. Mejor sería que decidiera otro por él, pero no le cabe más remedio, al final, que formar parte de la dichosa corte de músicos sabiondos. Con esa mirada tan suya ve, el hombre tortuga, a los compañeros del tribunal.

Le imponen a la mujer pajarillo los pomposos hombres uniformados ante los que le toca enfrentarse: cuatro carilargos, cuatro, más otro que parece embobado: nuestro hombre tortuga. Amedrentada, encoge sus alas la mujer pajarillo, y comienza a soplar su saxofón sin ánimo ni fuerzas. Como canción, ha escogido Paquito el chocolatero. Aunque el tema no es de su agrado, lo considera adecuado para la audición. Está nerviosa, tanto, que las notas no le fluyen, ni por fuera ni por dentro. No lleva ni un tercio de la melodía cuando deja de tocar. Se echaría a llorar, pero prefiere no hacerlo, no delante de esos señores que la observan con sus miradas oblongas; el que le recuerda a una tortuga, parece entretenido en perseguir el vuelo de una mosca. Como un castillo de naipes, la mujer pajarillo se desmorona; se siente menos que nada, ante tan selecto tribunal. Entonces su amante, bizarro él, le implora siquiera un par de besos: uno de dolor, y otro de amargura. Sis más preámbulos ni explicaciones, la mujer pajarillo aproxima los labios a su saxofón; vuelve a tocar, sí, pero esta vez, al ritmo sincopado de una bossa nova. En cada nota que esgrime, vierte una lágrima; en cada compás, un quejío exhala, de parturienta primeriza y plena de esperanza.

Sólo entonces el hombre tortuga sale de su ensimismamiento. Tanto estira el cuello, que parece que quisiera escapársele del caparazón. La mujer pajarillo y su saxofón lo tienen embelesado. Abrazados los dos amantes, los ve revolotear, las alas bien abiertas ella, por el espacio aéreo del auditorio municipal. Por contra, los cuatro hombres carilargos, cuatro, se muestran indiferentes ante semejante despliegue de alas. Tan tristes como parecen, y no saben apreciar la melancólica verdad que les sobrevuela. Ellos sólo entienden de polcas, pasodobles, y demás canciones populares.

Termina la audición y el tribunal emite su veredicto: por cuatro votos a favor, cuatro, y uno indeterminado, se decide no admitir a la mujer pajarillo en la banda municipal. El voto indeterminado es, por supuesto, el del hombre tortuga, que se ha quedado sin voz y con el caparazón resquebrajado.

No será capaz, el hombre tortuga, de sacarse de la cabeza la sinfonía de ayes que acaba de escuchar. Pasa las noches en vela, transportado a un país insólito pero que le resulta familiar. Si sale a tocar con la banda, de la tuba ahora sólo le salen barritos lastimeros de elefante. Los cuatro compañeros carilargos, cuatro, le animan a que se tome unas semanas de vacaciones.

Extiende, la mujer pajarillo, un tapete multicolor sobre la acera. Por ahí cerca, en un banco de la plaza, se sienta el hombre tortuga a tomar nota de lo que le rodea. La mujer pajarillo aproxima los labios a la boquilla de su saxofón. El hombre tortuga no ve lo que mira porque hace días que no se concentra. Cierra los ojos. Prefiere concentrarse en escuchar el chorro de la fuente, o simplemente sentir las risas de los chiquillos que corretean por la plaza. Al poco, una música vívida y conocida interfiere en su percepción; es la misma melodía tristona que le viene percutiendo el alma durante los últimos días. Abre los ojos el hombre tortuga, rastrea el hilo musical, y reconoce a la mujer que, en un recodo de la plaza, en la otra punta, su saxofón tocando está. Como hipnotizados, los chiquillos han dejado de lado sus juegos; junto a sus papás, forman ahora un pequeño corro en torno a la mujer pajarillo y su saxofón. Vuela alto, por toda la plaza, una melodía entristecida; desciende luego y se hace feliz, al regocijarse en las aguas revueltas de la fuente. También ríe y reparte, como si fueran caramelos, futura nostalgia entre los chiquillos de la plaza, en este día soleado...

Cuando para de tocar, la mujer pajarillo recoge los aplausos del gentío que la rodea; también alguna que otra moneda que le ha llovido sobre el tapete. Después entona nuevas melodías, unas alegres, otras más tristes. Continuará soplando su saxofón por un buen rato, y del asiento, no se moverá el hombre tortuga...


Del hombre tortuga,
para la mujer pajarillo.

Autor: Miguel Ángel Salinas Gilabert