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—¿Por qué estás conmigo, Laura?

Es totalmente imposible amar sin miedo. Instantáneamente, cuando dejas de temer, dejas de amar. Quieres, pero querer está muy sobrevalorado. Se puede hasta querer a un enemigo, un resfriado que te prive de un almuerzo familiar, una horrible cicatriz en la piel que te recuerde que alguna vez fuiste niño. Laura renegaba de los te quiero, le molestaba tanto como que le besaran la nariz o le acariciaran el pelo.

—A mí me amas, o me necesitas, o me deseas y a ser posible que sean las tres a la vez y con la misma intensidad. Pero no seas tan simple y me quieras. Y por supuesto no seas tan reiterativo como el resto del mundo y me lo digas. Hasta Fabián en algún momento me quiso y Fabián quería incluso a su madre y créeme que a esa maldita mujer, era más fácil desearle una muerte lenta que un buenas noches —dijo un domingo.

Sé que era domingo porque los domingos Laura hablaba sin parar, como si el único modo de sobrevivir a ellos fueran las palabras. Los domingos Laura era una monologuista. Por lo general, debías perdonarle el lunes todo lo que había salido de su boca, pero a veces, algunas veces, preferías recordarlo o bien para saber que era la mujer más maravillosa del mundo o bien para ignorar al resto de mujeres que el mundo albergaba en su maltrecho vientre.

—¿Por qué me amas, Laura?

Yo siempre tenía miedo con Laura, por eso la amaba. Miedo a que se fuera un día, miedo a que se quedara siempre, miedo a que ni siquiera existiera de verdad. Miedo a ser ella sin mí, miedo a ser yo sin ella. Yo tenía miedo y ella lo sabía. No le hacía falta preguntarme cuánto la amaba, o qué sería capaz de hacer por su boca, o de deshacer por sus manos. En cambio, yo no notaba en ella el menor atisbo de temor respecto a mi existencia en su universo. Normalmente metía la lengua entre mis labios y la movía haciéndome cosquillas en el cielo de la boca y en el estómago. No eran mariposas, es imposible que hubiera alas en mí cuando sus labios me robaban el aliento, porque yo no quería volar ni ello era necesario, lo único que deseaba era quedarme allí parado por siempre con ella dentro.

Después de su lengua, yo no tenía más preguntas. Quizá porque también tenía miedo de saber las respuestas.

Recuerdo la primera vez que fui al cine con ella, sin embargo ni siquiera sería capaz de argumentar la trama de la película. Podía haberla buscado y visionado con el tiempo —al fin y al cabo, no vi prácticamente nada de ella—, pero cualquier fotograma podría traerla de nuevo a mis brazos y cualquier realidad arrebatármela. Y a Laura, perderla una vez, ya era demasiado.

Cuando me percaté de que había más luz en el asiento de al lado que en la pantalla de enfrente, supe, sin lugar a dudas, que estaba completamente enamorado de ella.

Laura, una mujer capaz de silenciar los bares si entraba por la puerta, de abrigar los inviernos hasta sudar posando solamente con unas simples braguitas de un vulgar mercadillo, de conseguir la bandera blanca en mi guerra interior con el simple acto de sacarse una teta. Si sonreía, la vida te mostraba un atajo a la felicidad jamás transitado anteriormente. Su sonrisa era el espejo donde me miraba para no desentonar con su belleza.

La veías en la orilla, descalza, esquivando piedras, dejando sus pisadas para que las olas hambrientas de fetichismo no supieran si rebasarlas bruscamente, rodearlas con cariño como quien da un abrazo, o posarse para conseguir el charco perfecto. Mordiendo una manzana bajo la sombrilla, mientras nuestros casuales vecinos de arena se olvidaban de los flotadores de sus hijos, de untarse la crema protectora o de si por fin había abierto el chiringuito más cercano. Yo nunca supe con Laura dónde el amor hacía pie. Pero tenía la absoluta certeza de que, cuanto más distancia había entre nosotros, más subía la marea.

—¿Por qué me deseas, Laura?

Subida en mí, como si en lugar de follar, bailara. Ella siempre fue música. Una melodía que dejaba el eco de su nombre en la punta de mi lengua. Haciendo círculos con sus caderas, como si estuviera más cerca de girar un hula hop que de llevarme al sumum del placer. Me abrazaba la polla de tal modo que se me olvidaba hasta de correrme con tal de tenerla allí encima para siempre, inventando en cada gemido el principio de una canción, más fácil de tararear que de aprenderla. A veces me dejaba hacer a mí. Aquella espalda de gimnasta china se doblaba tanto al lamerla, que nunca sabía si seguir o pedir una pausa para puntuarla como si fuera el jurado de un concurso de papiroflexia. Y se ponía a cuatro patas y toda la casa se le metía dentro. Besaba los pliegues de sus nalgas respirando cerca de los labios de su coño, que me llamaban a gritos con la fuerza de un silencio. Mordía su culo fuerte, a veces demasiado, como si necesitara una marca que me diera algún privilegio o cierta propiedad. Luego abría suavemente su coño con los dedos y metía la lengua dentro; giraba, como si en mi lengua se hallara la llave del infierno, la sacaba y la volvía a introducir; desde su garganta se oía un concierto de cien mujeres gimiendo a la misma vez, yo sólo me limitaba a seguir el ritmo. Luego se daba la vuelta y abría las piernas, me arrodillaba a los pies de la cama, como intentando beber de una tormenta y, como no conseguías acabar con la sed, te entraba hambre. Y acababas entrando en ella, tan dentro que parecía romperse como una muñeca de porcelana contra el suelo. Había pedazos de ella por toda la cama. Tenía esa bendita capacidad de multiplicarse en cada embestida y no te quedaba otra que dividirte para estar con todas a la vez. Era imposible. Luego su orgasmo, llamando al mío, como un mensaje de amor en el contestador de la memoria. Pidiendo más, como un barco levantando el ancla para conseguir el naufragio perfecto, gritando como en una curva interminable en plena montaña rusa.

—¿Por qué, Laura? ¿Por qué?

Ojalá estuvieras aquí ahora. Me gustaría ponerte los nuevos cantautores que he descubierto. Casi todos ellos siguen hablando de ti. Arrancar a mordiscos las hojas de tu pijama otoñal. Romperte otro botón de alguna blusa. Despertarme a tiempo para ver una vez más, que es igual de sensual ver cómo te desnudas, que contemplar cómo te vistes. Calentarte los pies bajo la cama, besarte mucho, tanto, que no sepa cuándo te beso o cuándo me estoy besando. Acariciarte con las yemas de los dedos la espalda hasta que bosteces, que el aire que te sobra, aún es el aire que me falta. Y ver cómo tus zapatos rojos te esperan en el umbral de la puerta. Y sentirte regresar buscando en mi piel el exilio de ti misma. Que me mordieras la boca como entonces, para sembrar la duda: si dolías más cuando estabas en mis labios o cuando los dejabas sin ti. Y tumbarnos a ver pasar las nubes, sin que pasara el tiempo, recordar que siempre tuvimos veintisiete años, que jamás hubo un reloj que se atreviera a decirnos lo contrario, ni calendario que marcara otras estaciones distintas a las que pactamos en el primer abrazo.

—Si un día te vas, voy a morirme —a veces abusaba de la tragedia.
—Eres un mentiroso, nadie se muere por eso.
—Pero me matarías.
—¿Desde cuándo mata la ausencia? —preguntaba ella.
—Desde que existes en mi vida —contestaba yo.
—Sólo te creeré cuando vea tu cadáver.
—Pero entonces no podrás besarme.
—Claro que podré. Pero tú no sentirás nada.
—¿Y tú? ¿ Qué sentirás tú? —preguntaba buscando una frase que me llenara el alma.
—Asco, supongo, no lo sé, nunca he besado a un muerto.
(No siempre era así. A veces tensaba la cuerda para caernos los dos.)
—Si tú no eres el final, el final será otra —le decía sonriendo con maldad.
—¿Otra cualquiera?
—Lucía, por ejemplo.
—Lucía se acostaría antes conmigo que contigo —decía tan segura de sí misma que ni siquiera yo lo dudaba.
—Quizá llegas tarde a ese antes que intuyes —mentía yo.
—¿Y folla mejor que yo, hijo de puta?
—Las comparaciones son odiosas, cariño.
—Nunca tanto como tú —decía con una mueca torcida de enfado.
—Eso me alegra —contestaba sabiendo que el odio era necesario.

Tengo la certeza de haberla amado más que a nada, más que a nadie, también tengo la memoria suficiente para reconocer que la amé más cuando tuve constancia de que no volvería, que cuando estuvo conmigo o aún la esperanza estaba intacta. Cuando uno tiene la victoria acostumbrada no se da cuenta de lo importante que es seguir ganando. A veces ni siquiera sabe que lo hace. Pero cuando pierdes, la derrota es tan enorme que ni siquiera lo ganado anteriormente consigue reconfortarte.

—¿Por qué me amas, Laura?
—¿Recuerdas la última vez que lloré? —preguntó ella.
—No —contesté yo rotundamente.
—Yo tampoco —dijo—. Por eso te amo.

Autor: Ernesto Pérez Vallejo