Foto por Piero Fissore

Ricardo se esforzaba en interpretar su papel de docente. No le apetecía para nada. Sobre la pizarra blanca, su rotulador azul acababa de trazar una curva exponencial ascendente. Miró con desgana a la punta del rotulador; luego, a la concurrencia. Desde la primera fila, Maricielo le observaba a él, con el mismo rostro abatido de todas las tardes. La boca mustia de la alumna dibujaba, ya de paso, una curva exponencial descendente. Cuanto menos, decrecía cúbicamente aquella curva, cayendo en picado hacia la comisura izquierda del labio, como si Maricielo padeciera las secuelas de un ictus facial. Tuvo que repetir el profesor, hasta por tres veces, la explicación que justificaba la curva que acababa de dibujar en la pizarra: en el eje de abscisas, escribió la t de tiempo; en el de ordenadas, con cada una de sus letras, «población mundial». Entendía bien Ricardo que Maricielo no quería comprender más curva que la de sus propias emociones en picado. Pero se empeñaba una y otra vez, el cándido docente, en reinterpretar su teatro, con la perseverancia de un demente que estrellase la cabeza contra la pared. Una quimera, lo de hacerle comprender a Maricielo... Quedaba por tanto demostrado que el que menos luces tenía, de toda la clase, era el profesor. Con tanta explicación repetida, entre él y Maricielo tenían al resto de alumnos archiaburridos. Otra curva exponencial, ésta de impaciencia, se alzó de súbito en el ánimo del profesor: «¡Vamos, despierta, que no podemos tener esperando a toda la clase!». Salió por boca de Ricardo justo la merienda que Maricielo había venido a buscar aquella tarde. ¿Si no, de qué iba a estar ella allí, a esa hora de la siesta, sentada en el aula y calentando la silla, con sus nalgas flácidas?...

Nadaba Maricielo, como nadie, entre las turbulentas aguas de su mar particular y el anubarrado cielo que encapotaba su voluntad para aprender. Como un feo pez abisal atiborrado de plancton y otras minúsculas delicias marinas, alimentaba Maricielo su amargura a base de pequeños agravios. «¡Ay, no me hables así!», le echó en cara al docente. Como si Ricardo fuera su expareja, aquel galán distraído que un día cayó dentro de su charco, el mismo que al año siguiente salió pitando para ponerse a resguardo de los mordisquitos que ella le daba, igual de tenaces que los de un pez chiquito e insaciable...

Al profesor le contrarió tener que disculparse con Maricielo, pero en fin... El chusco diario obligaba y tuvo que pedirle perdón, qué remedio. Vencido, borró la curva demográfica de la pizarra. Acaso imaginó que de aquella manera, tan simple, iba a dar por zanjado todos los problemas acuciantes del mundo, el de la superpoblación, y el que se traía con Maricielo. Pero nada más lejos de la realidad... Aún tuvo que soportar Ricardo, como si no lo escuchase, el runrún molesto de la clase paralela que Maricielo comenzó a recibir de Herminia, la compañera que se sentaba a su derecha. Mientras Herminia le iba explicando, con susurros tiernos, a Maricielo, la ecuación imposible de la superpoblación, los seres humanos, así como las ratas, insistían en su fea actitud de seguir reproduciéndose, a la menor oportunidad que se les presentaba...

Le daban lástima a Herminia los zotes, incapaces ellos de comprender las curvas exponenciales y otros conceptos tal vez más simples, como la inversión de la pirámide de población y sus consecuencias. En realidad, la que tampoco entendía nada sobre el nulo interés para aprender de su compañera era Herminia. Eso, o más bien ocurría que era incapaz de desprenderse, Herminia, de su vocación de redentora del mundo, un trastorno mental que la conducía, como a tantas almas candorosas, a salir en rescate de cualquier náufrago, incluso aun viéndolo ahogarse en un pantanal de escupitajos propios. Así era Herminia: fabulosa y magnánima con todo el mundo, en todas partes y en todo momento. Y en aquel curso para desempleados, el refugio afectivo que a Maricielo le encajaba perfecto, un pañuelo tejido a medida para sus corrosivas lágrimas.

La hora del descanso puso un poco de relajo en el esfínter tenso del profesor, y, más aún, en el culo, nada prieto, de Maricielo. Le habían dado una buena patada a aquellas nalgas laxas, tras 11 años de zascandileo e interinidad entre los despachos y la cafetería del Ministerio de Empleo y Seguridad Social. Se la habían jugado bien, a Maricielo, los de Empleo y Seguridad Social, cuando de sopetón la enviaron al abismo del desempleo y la inseguridad social. De un día para otro, se le evaporó la infinitud de su mar. Más lentamente, se había ido quedando, también, sin el cielo de su juventud, y volviéndose invisible para los hombres, según los años se le habían ido yendo. Aprendió, en el devenir de su insignificante Historia, a medio conformarse a su manera: al menos ya no tenía que soportar, por las calles, chabacanerías de albañiles zafios, y de otros mastuerzos con maneras de primate en celo. Pero su trasero caído no se resignaba al ocaso de su mocedad, y añoraba otros tiempos y andanzas, como cuando se podía tirar pedos a su antojo, aquellas flatulencias amortiguadas, quedas, vaporosas, pura poesía de ventosidades, que regalaba a los pasillos del Ministerio, de Empleo y Seguridad Social. Ahora, en el aula, a su pompis de 47 años no le hacía gracia alguna tener que contener los cuescos. Parecía una condena, tener que aguantarse las ganas, durante las dos horas y media que pasaba allí dentro, seguidas, el culo lánguido como empollando un huevo sobre la silla, hasta que el señor profesor tenía a bien hacer el descanso...

Pero todo llega en este mundo... También la hora de distender el bajo vientre. Se esperaban, Maricielo y Herminia, para salir de clase juntas. En compañía iban también al baño, a hacer pipí, o popó, o a la calle, para echarse un piti. Recordaban a dos viejas saliendo de misa, de las que se apontocan la una sobre la otra, la otra sobre la una, en su caso para no derramarse, mientras se abandonaban a las confesiones más lóbregas. Aunque a primera vista diera la impresión de que era, más bien Herminia, la que sostenía emocionalmente a su compañera, en realidad, ambas compartían una relación simbionte: mientras Maricielo vomitaba su frustración, imprecando sobre los políticos, el fútbol, la comida enlatada, los hombres —incluido el profesor—, y la vida en general, Herminia cubría, con Maricielo, su necesidad enfermiza de darle la razón en todo. Así de desamparada y perdida debía andar Herminia, por los caminos de Dios: confundía el cariño con la adulación empalagosa, y la amistad verdadera con la condescendencia. Maricielo componía, conforme a sus intereses, un mundo más justo e igualitario, y Herminia se lo concedía. Se despachaban bien a gusto, las dos, comadreando sin descanso en el tiempo de descanso.

El gato castrado de Maricielo también era tema predilecto de conversación, así como las dietas hipocalóricas a base de melocotón en almíbar, el chocolate, la medicina natural, y los alimentos ricos en fibra. Cuando las dos comadres regresaban al aula, ya la clase había comenzado. Al profesor le jodía que lo interrumpieran, como era natural. Suspiraba más que por dentro, Ricardo: apretaba el culo y se resignaba a no comentar nada. Tras asentar sus posaderas en sus respectivas localidades de primera fila, y hasta el fin de clase —aún quedaban dos horas por delante, hasta eso de las 9 de la noche—, las dos alumnas volvían a retomar las labores propias de su carácter: Herminia, en su cuaderno, tomaba notas con ansias de taquígrafa. Lo anotaba todo, la tía, no dejaba nada sin apuntar. Y Maricielo regresaba a su curva exponencial hipernegativa, y a los pedos prisioneros que la atormentaban. Sin el menor disimulo miraba las manecillas de su reloj, y suspiraba y suspiraba, igual que cuando se paseaba por sus predios en el ministerio. Amedrentada por la frugalidad de la vida y de su futura pensión, no dejaba de menoscabar su autoestima rememorando el floreado ayer, y de pensar en las lonchas de pavo y coles hervidas que, en casa, la estaban esperando dentro del frigorífico desangelado, para invitarla, como cada noche, a una cena romántica...

Autor: Miguel Ángel Salinas Gilabert