Al igual que el personaje ficticio de Murakami, me gustaría decir que nací la primera semana del primer mes del primer año de la segunda mitad del siglo XX. Lamentablemente no es así; mi fecha de nacimiento es una más de entre tantas, y eso es algo que les agradezco a mis padres. Siempre he odiado, de alguna manera, la fama; de ahí que haya escogido el oficio de escribir.

Soy originario de México, D.F., sin embargo, la gente siempre ha dicho que vivo en las nubes, que no tengo soga que me sujete cuando viajo de paisaje en paisaje, de mundo en mundo, y que quizá por ello es que no tengo patria —a menos que se trate del cuerpo de una mujer.

Nací por error, alrededor de las 7 de la mañana un día de agosto a finales de los 80’s. Y aquí es justamente donde todo se pone en blanco y ustedes esperan más de mí, y a mí no se me ocurre más que decir. Como lo dije, siempre he odiado la fama. No quisiera que quienes me leen alabaran a una figura. Preferiría que amaran las letras de la misma manera que yo lo hago; pero no sólo mis letras, todas las letras. La escritura es un arte, un arma, un estilo de vida, una manera de afrontar los problemas; las letras son el ticket de viaje a otros universos, el ungüento que algunos raspones necesitan, las tiritas para arreglar las heridas del alma. La manera peculiar que tengo de escribir, y mis letras, son lo que me define; no una imagen, una fotografía o una voz. Son mis actos escritos los que me componen. Son mis letras las que me dan vida. Y son ustedes los que hacen de mí un ser corpóreo y tangible.

Al igual que el personaje ficticio de Murakami, me gustaría decir que nací la primera semana del primer mes del primer año de la segunda mitad del siglo XX. Lamentablemente no es así. Yo nací bajo el signo del león y la protección del halcón egipcio, en el mes de la construcción del muro de Berlín y en el año de la caída del mismo. Quizá por eso es que me sienta tan disperso entre tantas épocas. Soy el cúmulo de tantas vidas y de tantos fracasos; soy evidencia de la ruindad del hombre y la magnificencia de la inocencia. Soy testigo de los 600 republicanos que cantaban una nueva canción por toda Fracia en 1792; en 1813 vi al Libertador entrar victorioso al pueblo; en 1945 lloré a Hiroshima. Soy reencarnación del emperador Go-Toba y de los poetas Tennyson y Claudel. Vi partir a Anne Hathaway, Feodor Lynen, Gregor Piatigorsky, y Gene Ammons. Soy todo, pero no poseo nada. Vivo mientras muero con cada segundo que pasa. Mi nombre poco importa. Yo sólo soy Joel Estrada.

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